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Comestible y perfectamente neutro, el fabuloso metal se martilla según las reglas del arte hasta obtener una lámina de alrededor de una décima de micra. Esta delicadeza le confiere una especie de sensibilidad en la piel que desde hace unos años enfebrece a los grandes chefs y pasteleros.
Aunque no se han identificado riesgos asociados con el consumo de oro, tampoco se ha probado su seguridad. Se afirma que es químicamente inerte.
La UE y Estados Unidos lo toleran en proporciones limitadas y lo clasifican como aditivo E175. Además, el valor nutricional del oro comestible es nulo y su friabilidad lo hace sujeto a nanopartículas que actualmente están en el centro de la controversia. Por lo tanto, el oro debe consumirse en pequeñas cantidades y de manera excepcional para preservar su sistema digestivo.
El oro comestible debe consumirse puro. Está disponible en forma de hoja de oro comestible, tintes en polvo o copos. Puede ser utilizado tanto por profesionales como por particulares. Al ser la lámina un material muy fino y delicado, se recomienda el uso de una brocha o unos alicates para decorar y colorear la masa para no alterar el material.
Se encuentra principalmente en pequeños postres como entremets, cupcakes y macarons, donde aporta relieve y refinamiento a los colorantes alimentarios tradicionales. El oro culinario se puede usar para dorar las decoraciones de la guinda de un pastel, o puede venir en forma de dulces, hojuelas y otras decoraciones comestibles.
Su ausencia de sabor hace que no estropee los aromas de los alimentos.